Sobre la llegada de los Vaieretti a Montes de Oca


La rama Vaieretti de nuestra familia ha sido una prolífera.
Cuenta la historia que el primero en llegar a Montes de Oca fue Luigi. Esta es la historia que cuentan descendientes de Luigi.
La otra historia cuenta que el primero en llegar fue Juan, que trajo luego al resto de la familia; entre ellos a su hermano Luigi que en Italia estaba estudiando para sacerdote. Esta es la historia que nos llega a través de desciendentes de Juan.
No hemos podido confirmar aún cuál es la historia cierta; ninguna de las ramas conserva documentos. Al parecer cada rama ha tenido un descendiente que tomó a su cargo emular a Nerón.
Como sea, el único Vaieretti del que tendríamos una fecha de llegada es el tal Abundio, hermano soltero de Luigi, Juan y Gerónimo, que habría llegado a Argentina el 13 de diciembre de 1890, con 35 años de edad, a bordo de la nave Umberto I. Este dato lo hemos obtenido de las bases de la Fondazione Agnelli, donde encontramos a un tal Abbondio Varetti, que suponemos es nuestro antepasado.
En esas bases también encontramos a una Domenica María V., con 52 años, llegada en la nave Duca di Galliera el 19 de diciembre de 1887. Por el nombre y la edad estimo que se trata de la madre de Juan, Luigi y Gerónimo, nacida circa 1834, según consta en la Partida de Nacimiento de mi bisabuelo Gerónimo.
Las ramas tampoco están de acuerdo respecto de quién trajo a Domenica Marchetti consigo, aparentemente ya viuda. Domenica habría fallecido en Montes de Oca y estaría descansando en el Cementerio del Pueblo. Esto lo estamos intentando confirmar vía los libros parroquiales, dado que los de la comuna de Montes de Oca se habrían perdido en oportunidad de una mudanza. Hoy por hoy, el pequeño Panteón de los Vaieretti ha sido tapiado, luciendo sólo una placa en la que figuran Luigi y su hijo, Félix, aquel que fuera el primer esposo de mi bisabuela Dominga Palmero.
El Censo Nacional de 1895 nos muestra a Luis Vaieretti (con 42 años) y a su hijo Félix (con 20 años, aún soltero), a María Vaieretti (Tavelli o Tavella de soltera, con 38 años, casada con Luigi), a Benedetta y a Dominga (hijas de María Tavelli o Tavella y de Luigi Vaieretti, aún solteras), a Miguel Micheloni (con 22 años, futuro esposo de Dominga, con la que se radicaría posteriormente en Mendoza) y a mi bisabuelo Gerónimo, aparentemente aún soltero, aunque la letra no es clara. Todos en Tortugas (Departamento Belgrano, Montes de Oca, población urbana), al parecer ya instalados en lo que luego se conocería cómo la cuadra de los Vaieretti, en la que durante años funcionó un local de ramos generales y fonda. De hecho, Micheloni y Félix figuran con profesión comerciante, Luigi como dependiente y mi bisabuelo Gerónimo como cocinero.
Hete aquí el por qué preparaba tan buena la Polenta Taragna :)

Sobre cómo ser familia

Increíblemente, nos hemos reunido por tercera vez, en menos de un año, con los que para mí son referentes indiscutidos de la rama Giuliano en Arequito. Pero esta vez fue especial: nos juntamos con ellos en el Pueblo de mis abuelos.
Esta gente se trasladó con casi cuarenta grados, desde Arequito hasta Montes de Oca, dándonos la alegría de verlos y la posibilidad de sentirnos en familia. Y aún con el calor, el sol rajante y el aire espeso, se trasladaron hasta el Cementerio para visitar a los que ya no están con nosotros.

Creo que los antepasados estarían contentos. O, por lo menos, satisfechos con la observación de que, aún con bemoles, en este Universo sigue funcionando la Ley de las Compensaciones. Esa Ley de la que siempre hablaba mi papá: la que dice que, cuando todo parece no funcionar o caerse a pedazos, algo sucede para poner un poco de orden y armonía en nuestras vidas.

Por hacernos sentir así, queridos y armonizados, nuestro agradecimiento a los que comparten con nosotros no sólo apellido y pasión por la genealogía, sino afecto y valor de sangre.

Los lugares y la gente

Cuando uno logra perdonarle a los lugares ser reales, puede darles la oportunidad de que muestren lo que tienen de especiales.
Eso sucedió con el pueblo de mis abuelos.
Por años, el Pueblo fue el lugar de las historias pasadas: la casa con la huerta y los frutales; la Iglesia vieja y las veladas; la familia grande y las visitas; los bailes y las fiestas.
Por esos años, visitar el Pueblo era un ejercicio para la desilusión: la casa con la huerta que ya no era; los abuelos que ya no estaban. La Iglesia nueva. La familia chica, con cada vez menos visitas. Sin bailes y sin fiestas.
No ha sido hasta hace poco que logramos dejar de ver las ausencias y apreciar lo que el Pueblo es hoy, a más de 50 años del paso de los abuelos por sus calles: el lugar tranquilo para las caminatas; las casas abiertas. Los apellidos que continúan en caras nuevas pero familiares. El lugar donde tenemos un lugar que nos pertenece, aunque no tengamos un trozo de tierra en el que asentarnos.
Todo eso gracias a la familia... Gracias a la perdurabilidad de los lazos en el tiempo. A la mesa larga que se arma cada vez que llegamos.
Gracias a los sobrinos y a los sobrinos nietos que vienen para reencontrarse con la tía - tía abuela, para abrazarla y regocijarse con su todavía presencia. Y gracias a las charlas largas también, sentados todos en la vereda; al entusiasmo compartido mirando juntos el árbol genealógico que nos explica y nos continúa. A la oportunidad de que se junten los hijos de los hijos a jugar y a reconocerse de la misma sangre.
Esa es la familia que vinimos a visitar en estas Navidades.

Qué cosa, no? Que hayamos aprendido a aceptar el lugar tal cual es hoy y no nos haya pasado lo mismo con las personas.