Nuestra fuerza radica en ...¿en dónde radica nuestra fuerza?

El 20 de abril pasado se murió Sotigui Kouyaté. Quién quiera saber quién era este personaje lo invito a leer esta entrevista y una nota que salió publicada en La Nación con motivo de su fallecimiento.

Desde ya les anticipo que Koyauté no era pariente nuestro. Lamentablemente.
"El día que no sepas a dónde vas... acuérdate de dónde vienes"
Hete aquí una de las afirmaciones de Kouyaté, del cual se dice, era un griot.

Hasta que leí la nota referida a Kouyaté, no tenía la menor idea de que los griots existían. Es lógico: si de todo sé practicamente nada, de cultura africana sé menos.

En fin. El caso es que me puse a buscar qué era ser griot y si ser griot era lo que explicaba que una persona pudiera decir algo tan simple y maravillosamente exacto en su simpleza.
"El día que no sepas a dónde vas... acuérdate de dónde vienes"

Un griot es definido como un heredero guardián de la cultura de su pueblo, maestro de la palabra. También se los llama jeli.

Leemos:
"Los griots son los herederos y guardianes de la historia mandinga en el oeste africano y tienen una gran importancia dentro su cultura. Querían conservar en la memoria de los pueblos el linaje, los mitos, los cuentos, las batallas históricas, así como las tradicionales músicas y canciones ceremoniales. Es por ello que idearon un instrumento, la kora mandinga, para que las leyendas, historias y proverbios pasaran oralmente de generación en generación..."
En otro sitio los definen como "la memoria de un continente".

Pienso: menudo trabajo el de un griot. Pero: qué falta nos hace en nuestras sociedades y qué bien nos vendría disponer de algunos!

Dice Kouyaté en la entrevista que mencionamos: "Nuestra fuerza radica en nuestra cultura". Me viene a la mente la frase esta de los maestros jedi en la Guerra de las Galaxias... cuando se saludaban para despedirse: que la Fuerza te acompañe.

Ahora: ¿si la fuerza radica en nuestra cultura, y nadie está ahí para que la cultura se mantenga viva, cómo nos ha de acompañar su fuerza a alguna parte?

Es increible lo que han hecho nuestras sociedades modernas con la idea de cultura. La han vaciado y vuelto a llenar de vacuidades. Humildemente propongo: volvamos a darle sentido al concepto de cultura. Que rebose de contenidos que nos sean útiles para nuestra supervivencia espiritual. Que la cultura vuelva a ser el canto a nuestros antepasados y al tiempo pretérito que se proyecta, como espiral de energía, como remolino, generando una fuerza incalculable para ayudarnos a llegar al porvenir.

En mi caso: quiero en mi cultura a la polenta taragna, a la mortadela, a las vacas empestadas, al criollo sanador, a los bordados de Ana, a los faudales, a las carpas de chala, a las abadías cistercenses... a los urs cruzándose por los caminos lombardos, a las casas con sus huertas en Santa Fé, a los campos con maíces y con trigos, a los pretéritos con sus vides, castaños y hongos. Quiero a los Cavalieri de Veneto, al Doctor Molino, al Doctor Maradona y a Ramón Carrillo. Al Cynar y a los perugina. A mi amiga la vinchuca, de la que me habló tanto mi papá. Quiero al Padre Fíz de Montes de Oca, a la Moretina Bella, a todas las filastroccas que pueda y aún más a la López Pereyra. Al radioteatro y a las fotos de Kegahl. Junto a todas las novelas y comics que leía Bugoni, el Teatro Maipo y el Club de los Friulanos.

Si en mi bolsa de viaje no tuviera esto, con más otras cosas que aún no comparto, no podría avanzar. Así que, don Kouyaté: muchas gracias. Me ha hecho entender mejor, ya muerto, el porqué de este blog. Y de dónde vienen las fuerzas, cuando uno las necesita.
En la foto: Sotigui Kouyaté, pero no conmigo... a ver si se piensan que soy tan mayor...
Es una foto que agradecemos a The Independent, en la que el actor aparece con Brenda Blethyn in London River.

Nacimiento: un reconocimiento a la familia Micheloni

Hola amigos. Simplemente para contarles que, gracias a internet y gracias a esto de los blogs, nuestra familia ha retomado contacto con una rama del árbol que creo dejó de verse allá por la década del cincuenta... Increible.
Increible, no tanto el reencuentro sino más bien la pérdida del contacto. O más que increible... iba a decir inexplicable. Pero tampoco me sirve esta palabra. Porque explicaciones para todo hay. La distancia física. El transcurso del tiempo. Las cosas que le van sucediendo a la gente.

Más que nada, el debilitamiento de los lazos familiares.

Una y otra vez vuelvo a lo mismo. Así que no voy a insistir con esto. Nomás compartir la cara que pone hija cuando mira el árbol y dice: ¿todos éstos son tus parientes? Míos y tuyos, le digo. Y entonces me quedo mirando la pantalla y pienso, con todo respeto realmente: hemos parido este árbol.

Es gracioso, porque la palabra pariente, me fijo y comparte la misma familia etimológica que la del verbo parir, engendrar... Somos parientes porque nuestros ancestros parieron, generación tras generación, hijos hasta llegar a nosotros. Pero también somos parientes porque decidimos parir, en un sentido más voluntarioso y personal, nuestra propia vinculación con el resto de la descendencia que se mantiene viva.

Con los Micheloni, nos acaba de pasar eso. Acabamos de parir, o dar nuevamente a luz, nuestro parentesco. No se sientan obligados a enviar regalitos de recién nacido... Sí aceptamos felicitaciones y buenos deseos. Estos últimos, en particular, nunca están demás.

Sobre las malas palabras y las vacas en el campo de los Giuliano

Este post está dedicado a todos los que en algún momento han sentido ganas de lanzar un improperio pero se han sofrenado, para no pasar por mal hablados.
A ellos les voy a compartir la expresión que utilizaba mi abuelo Giuliano en esas ocasiones. El decía, por lo bajo: ¡Porca vaca empestada!.
Era raro escuchar a mi abuelo decir malas palabras. En realidad, era raro escucharlo hablar. Mi abuelo era un hombre muy bueno, muy sociable, dado a cantar y bailar, pero de muy pocas palabras en momentos de enojo. De hecho, gran parte de sus procesiones iban por dentro y se le terminaban congestionando todas en el estómago. Como el tráfico en una rotonda. Cuestión que el abuelo Giuliano tenía que ponerse a masajearlas, para que cada una tomara su rumbo, lo más pacíficamente posible.
La vaca empestada era la única válvula de escape que se permitía.
Yo no conocí a mi abuelo, pero siempre me dio mucha gracia esto de que manifestara sus exabruptos aludiendo a una vaca.
Con el tiempo fui entendiendo algo del tema. El caso es que las vacas empestadas eran todo un tema en el campo.
Gracias a Dios existían por ese entonces personajes como el Ñaña, amigo de Don Ciríaco y Doña Virginia, los que vivían al lado de Villa Edith antes de que se mudaran Guillermo y su señora Celia... El Ñana y Don Ciríaco eran criollos, hombres de a caballo que, además de tomar mate en la enramada del fondo de la casa, tenían sus contactos.
Entre ellos, el Criollo que andaba por los campos, curandero de animales y de personas, que no cobraba nada por sus trabajos, excepto quizá la propina que los gringos quisieran acercarle.
Una vaca empestada es, sencillamente, uno de los tantos animales que padecían el agusanamiento de heridas en el cuero. Quizá por la mordida de otro animal. Quizá por haberse lastimado contra el alambrado.
El caso es que el Criollo venía y curaba a los animales de palabra. Se paraba enfrente  y, sin tocarlos, murmuraba, quizá rezando, vaya Cristo a saber qué. Y entonces los gusanos se despegaban e iban cayendo uno a uno contra el suelo.
Pero el Criollo no sólo hacía esto. Su accionar más destacado era arriar la manga de langostas. El buen hombre preguntaba a qué lugar prefería el chacarero que se las dirigiera. Por lo general se las mandaba a un potrero, lleno de barro y bosta. Entonces el hombre se paraba frente al campo infectado, decía sus palabras, y las langostas se trasladaban, como las ovejas en la película de Babe, el Chanchito Valiente, abandonando el campo de alfalfa o el del trigo recién crecido y se iban, suave y obedientemente, al potrero.
Allí se las eliminaba, con defensas y fuego. De esto se encargaba, por supuesto, el langostero científico, hombre que enviaba el gobierno para hacer el trabajo sucio con las langostas.
Todo esto pasaba en el pequeño pueblo de Montes de Oca, Provincia de Santa Fé, hace más de setenta años.

Ya nadie recuerda el nombre del Criollo. Y en poco tiempo, ya nadie va a recordar que hubo una vez en que los gringos tenían vacas en el campo.

Una época en que los gusanos y las langostas eran obedientes. No había soja, ni transgénicos, ni agroquímicos, ni defoliantes, ni Monsantos, ni pulles... El mundo, hasta donde puedo ver, era un lugar mucho mejor y la gente, también.
Quizá, porque el gringo creía. En el Criollo, en el trabajo, en el esfuerzo. No estaba tan preocupado por si ese año iba a poder visitar dos veces, o sólo una, Disney. Ustedes dirán: es que no había Disney adónde ir. Igual, yo creo que muchas ganas de viajar no debían tener. Recién habían desembarcado y había que ponerse a laburar.