Sobre cómo ser familia

Increíblemente, nos hemos reunido por tercera vez, en menos de un año, con los que para mí son referentes indiscutidos de la rama Giuliano en Arequito. Pero esta vez fue especial: nos juntamos con ellos en el Pueblo de mis abuelos.
Esta gente se trasladó con casi cuarenta grados, desde Arequito hasta Montes de Oca, dándonos la alegría de verlos y la posibilidad de sentirnos en familia. Y aún con el calor, el sol rajante y el aire espeso, se trasladaron hasta el Cementerio para visitar a los que ya no están con nosotros.

Creo que los antepasados estarían contentos. O, por lo menos, satisfechos con la observación de que, aún con bemoles, en este Universo sigue funcionando la Ley de las Compensaciones. Esa Ley de la que siempre hablaba mi papá: la que dice que, cuando todo parece no funcionar o caerse a pedazos, algo sucede para poner un poco de orden y armonía en nuestras vidas.

Por hacernos sentir así, queridos y armonizados, nuestro agradecimiento a los que comparten con nosotros no sólo apellido y pasión por la genealogía, sino afecto y valor de sangre.

Los lugares y la gente

Cuando uno logra perdonarle a los lugares ser reales, puede darles la oportunidad de que muestren lo que tienen de especiales.
Eso sucedió con el pueblo de mis abuelos.
Por años, el Pueblo fue el lugar de las historias pasadas: la casa con la huerta y los frutales; la Iglesia vieja y las veladas; la familia grande y las visitas; los bailes y las fiestas.
Por esos años, visitar el Pueblo era un ejercicio para la desilusión: la casa con la huerta que ya no era; los abuelos que ya no estaban. La Iglesia nueva. La familia chica, con cada vez menos visitas. Sin bailes y sin fiestas.
No ha sido hasta hace poco que logramos dejar de ver las ausencias y apreciar lo que el Pueblo es hoy, a más de 50 años del paso de los abuelos por sus calles: el lugar tranquilo para las caminatas; las casas abiertas. Los apellidos que continúan en caras nuevas pero familiares. El lugar donde tenemos un lugar que nos pertenece, aunque no tengamos un trozo de tierra en el que asentarnos.
Todo eso gracias a la familia... Gracias a la perdurabilidad de los lazos en el tiempo. A la mesa larga que se arma cada vez que llegamos.
Gracias a los sobrinos y a los sobrinos nietos que vienen para reencontrarse con la tía - tía abuela, para abrazarla y regocijarse con su todavía presencia. Y gracias a las charlas largas también, sentados todos en la vereda; al entusiasmo compartido mirando juntos el árbol genealógico que nos explica y nos continúa. A la oportunidad de que se junten los hijos de los hijos a jugar y a reconocerse de la misma sangre.
Esa es la familia que vinimos a visitar en estas Navidades.

Qué cosa, no? Que hayamos aprendido a aceptar el lugar tal cual es hoy y no nos haya pasado lo mismo con las personas.

Villa Edith: el jardín y el huerto

Villa Edith era la casa adonde fueron a vivir mi abuelo Juan Giuliano y mi abuela María Vaieretti al tiempo de casados, ya fallecido mi bisabuelo Bautista, nacido el primer hijo, Ildo y antes de que naciera mi mamá.
La propiedad con su cuarto de manzana, la compraron al Jefe de Correo, de apellido Sánchez, cuya hija, oh casualidad se llamaba Edith. La casa había sido construida en 1924, según se observaba debajo del nombre, en la cornisa.
Tenía un cerco de alambre tejido en el que se entrelazaban rosas, lirios y crisantemos.
La puerta de calle abría a un camino de ladrillos, bordeado por rosales enramados para formar dibujos. Por el camino se llegaba a una escalinata, que a los lados lucía sendos maceteros en los que crecían charoles. El abuelo Juan se sentaba en uno de estos maceteros (el saliendo, a la derecha) a fumar su cigarillo, mirar el cielo y a enseñarle a mi mamá el nombre de las estrellas.

A cierta distancia, dos palmeras altas daban dátiles y sombra. Todo enmarcado por dos hileras de casuarinas, que se extendían hasta pasar la casa.

La simetría perfecta.

A la derecha, entre la casa y las casuarinas, varios canteros. Uno, con una rosa roja que se encaramaba en una estructura con forma de abanico, para dar sombra a azucenas y agapantos.

Más allá, alcanzando la ventana del dormitorio de la Marconetto, un beso de angel abría infinidad de flores de perfume. Luego, otro cantero, con una especie de ligustro de tres copas, en donde jugaba mayormente mi mamá.

A partir de allí empezaba el dominio de la huerta... aunque sobre el tejido continuaban luciendo las rosas. Aquí, las bandera española que se extendían hasta el fondo del terreno, con flores que la Nona María podaba para que todo mundo tuviera qué llevar al Cementerio en el Día de los Muertos.

En paralelo, dos hileras con las vides: uva chinche, moscatel y negra. Al costado, desde la galería trasera de la casa, con hamaca, y entre las vides y una glorieta con uva de trepar, venían los frutales: mandarinas, naranjos, pomelos, granada y un hermoso peral al fondo, que dejaba espacio para que se desparramaran, al sol, las frutillas.

Luego, detrás de un tejido que cortaba a lo ancho parte del terreno -para evitar el paso de las aves de corral- dos damascos dulces y una higuera. Este era el límite trasero del feudo, con un cañaveral para uso de la huerta, que separaba Villa Edith de los vecinos: la casa de Pedro Jordán.

El tejido para separar las aves continuaba, interrumpido por una pequeña puerta y un camino alineado con la glorieta. Del otro lado de este camino, paraisos, y al lado, la jaula para engorde, las casitas para los pollitos y la marlera.

Del otro lado de la glorieta, el patio, con camino a la letrina, detrás de la cual daba fruto un guindero y, recostadas sobre el tejido del corral, tunas. Girando, el cobertizo, junto al garaje, con un camino que cerraba, de nuevo al frente, con una tranquera.

Del otro lado del garaje, en lo que terminaría siendo el lote que mi madre regaló a su sobrina en ocasión de su boda para que construyera su primera casa, se extendía la quinta chica, con papas, camotes, todo tipo de verdura de hoja, apios y puerros (que Juan ponía a blanquear en un arenero ad hoc ubicado detrás del cobertizo), cebollas, ajo, melón, sandía y al fondo fondo, la esparraguera.

Hasta la esparraguera llegaba el tejido del fondo, que continuaba, girando, para separar la huerta de la casa de Guillermo y Celia Jordan.

Hoy, Villa Edith sigue en pie, pero impertinente e inescrupulosamente achaletada desde ya hace más de una treintena de años. Desnaturalizada diría yo; como arrebatada de su gracia original. Pero al menos sigue en pie, notándose que se esfuerza por dejar adivinar, detrás de tanta teja, ladrillo vista y aditamento extraño, su verdadera esencia.

Peor suerte corrieron el jardín y el huerto, que ya no existen. Desaparecidos junto con las palmeras, las casuarinas, los canteros y los maceteros con sus charoles, todo para dar paso a viviendas para la familia y terrenos ocupados con chatarra, desarmaderos y galpones.

Y el viejo tejido y los rosales... reemplazados pobremente por un cerco bajito sin casi propósito, que hoy ya parece viejo.

Resistió lo que pudo la esparraguera, empecinada en continuar dando frutos privada de cuidados.

Ha llorado mi madre diciendo: todo el trabajo del Nono se ha perdido. Lo que sembró, hizo brotar y cuidó para que creciera, nadie lo ha valorado y ha desaparecido. Incluso los castaños y los nogales que plantó en la Chacra, cuando acompañó a su hijo, ya viudo de María, de regreso a la Chacra. Quedan sí, de su mano tan especial, un hijo de un nogal plantado en Varela, y una higuera que resiste el paso del tiempo. Pero esto es casi nada.

Yo no quisiera que lo que dice mi madre fuera cierto.

Acá estoy, a cargo mío, el velar por lo que resta de sus trabajos. Aunque sólo sean sus recuerdos.