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La ley de la suerte y la suerte de una ley

Tanto hablar de tierras que se compran y tierras que se venden, llegamos al punto en qué debemos hablar de la suerte, pero en plural.
Previo a la segunda mitad siglo XIX, el antiguo pago de los Arroyos (recién comenzado a llamar Rosario en 1841) era muy diferente al que conocemos hoy. Todo cambió con la batalla de Caseros en 1852 y el cambio se reforzó con la instalación de un Banco: el Mauá y Cía, sucursal de la casa central brasilera, propiedad de un tal Irineo de Souza.
En 1857, este Banco fue autorizado por el Gobierno Central, para, entre otras cosas, emitir billete y realizar diferentes operatorias para favorecer la actividad mercantil. Este Banco colaboró en mucho para que Rosario dejara de ser aldea y se transformara en una gran ciudad capitalista, en la que destacaban unas cuantas familias comerciantes de origen español, inglés y francés.
Leemos:
"A partir de ese momento la clase dirigente emprendió la planificación regional para promover un nuevo cambio operativo, se elevó a la villa de Rosario a la categoría de ciudad, y se le asignó la tarea de ser la capital económica de la Confederación. Frente a este ambicioso plan la primera medida que tuvieron que tomar fue la expansión de la frontera interior para brindar una relativa tranquilidad a sus habitantes ante las eventuales incursiones de los aborígenes e incorporar más tierras potencialmente productivas para aquellos que desearan asentarse en la región. Este requisito esencial fue el que condujo al gobernador Rosendo Fraga entre 1858 y 1869 a organizar sucesivas expediciones contra los pampas, así el límite sur alcanzó la superficie que actualmente comprenden los distritos de Teodolina y Venado Tuerto..."
De la mano de este cambio viene el Ferrocarril. En 1863 llegan al Rosario dos tocayos: Guillermo Rawson, que era Ministro del Interior y del norteamericano Guillermo Wheelwright, para inaugurar el tramo ferroviario que uniría Rosario con la capital de Córdoba.
Luego llega el telégrafo.
Leemos:
"...el comerciante del Rosario sintió que se abrían las puertas del cielo... en esta democracia incipiente de grandes comerciantes, todo había sido dispuesto de acuerdo al rango de la clase a la que se pertenecía..."
¿Qué clase era esta? Una que lideraba el proceso de transformación nacional, base la producción de unas cincuenta colonias de inmigrantes que abastecían al país y al mundo. Una que centraba su negocio en el comercio de cereales, actividad que había terminado desplazando aquéllas propias de una aldea: la cría de ganado y las curtiembres.
Es a lo largo de este proceso de despegue en que la ley de las suertes jugó un papel preponderante. Aprobada en 1856 esta ley se propuso regular la entrega de las tierras públicas, entendiendo por tal, aquéllas que siendo de nadie (o habiendo sido del indio) fueron consideradas res nulius y a partir de ahí reguladas por el dominio del Estado como propiedad fiscal.
Esta ley y su complementaria de 1879, que se proponían como instrumento para entregar en suerte (donación) de tierras públicas en compensación por los servicios prestados por los soldados en oportunidad de conflicto bélico, se aplicó tras la Guerra de la Triple Alianza (1870), en especial hacia el Sur de la Provincia, con limitaciones especiales para impedir la concentración de tierras en pocas manos. Esto funcionó más o menos así hasta 1884, en que por ley de la provincia se deroga la norma que permitía al Ejecutivo donar estas tierras a los soldados. Era lógico: el valor de la tierra había aumentado como consecuencia del proceso colonizador y agroexportador.
La nueva norma es clave para entender la historia de nuestros pueblos agrícolas: la ley de 1884 autorizaba a la venta de las tierras fiscales con la condición de población en término de un año, entendiendo por población "la introducción de capital de 3.000 $m/n por legua, consistente en cercos, casas hacienda o plantíos...". Otra condición era que el comprador dejara espacio gratuitamente para el tendido de vías férreas y de caminos públicos...
Leemos:
"...la vía férrea signó los destinos de buena parte de los territorios de la Argentina pampeana... partiendo de una ciudad sin tradición colonial como Rosario, que fundó su crecimiento colonial básicamente en la llegada de población inmigrante de origen italiano, a través de prácticas jurídicas y leyes provinciales que acabarían beneficiando a un selecto grupo de miembros de la burguesía local, en su mayoría de origen británico, francés, español y suizo..."
Esta afirmación no hubiera podido ser formulada hoy, sin la activa participación de actores clave que, actuando en red, supieron hacer jugar la ley y la suerte, a su favor.
Tal sería el desempeño de la red que aún hoy Julián de Bustinza es recordado en función del largo de la vara que utilizó para hacer frente a la tarea de reorganización del catastro provincial que las autoridades de la Provincia le encomendaran junto a Enrique Blyth.
Leemos:
"Esa delicada tarea provocó graves conflictos entre Bustinza-Blyth y los dueños de dichas tierras al prevalecer los intereses particulares de quienes la llevaron a cabo, ya que utilizaron al efectuar las mensuras de los campos una medida que posteriormente se conoció como la "vara de Bustinza", diferenciándose de la que habitualmente se empleaba en el país por ser más corta. Este hecho le valió, según el artículo 10 del contrato realizado con el gobierno provincial, incorporar a sus cuantiosos bienes algunas de las fracciones que todavía permanecían baldías. Uno de los terrenos que obtuvieron por medio de esa modalidad estaba compuesto de 90 cuerdas con frente sobre el río Carcarañá y a pocos kilómetros del límite con Córdoba..."
En fin.

La fundación de un pueblo argentino, en contexto. El caso del Pueblo de Montes de Oca, Provincia de Santa Fe

Lo poco que se lee en internet respecto del origen del Pueblo de Montes de Oca,  se limita a informarnos sobre la participación en el hecho de Don Francisco Bustamente como propietario de las tierras y de Don Ciro Echesortu, intermediario en la operatoria, en su carácter de escribano del Rosario.

Pero: ¿quiénes eran estos personajes?

Comencemos hablando de Don Ciro.

Primogénito de Lázaro Echesortu y de Felicia Arana, Ciro nace en Plentzia, Bilbao, en el año 1852. En 1860, la familia Echesortu emprende el cruce del Atlántico y se radica en Rosario, convocada por la familia Casas que venía instalada en Argentina desde el siglo XVIII.

Papá Lázaro, sastre de profesión, logró al tiempo de vivir en Rosario cierta estabilidad económica, además de un buen matrimonio para Adela, una de sus hijas, a la que casa con un Casas, de nombre Casiano. Es con su cuñado Casiano que Ciro se asocia para dar inicio a un emprendimiento inmobiliario (1876).

En 1889 vemos a Ciro ya casado con Hortencia Larrechea, hija de una familia de hacendados rosarinos, también de origen vasco, familia la cual, casualmente, estaba emparentada a su vez con los Casas. Los Larrechea eran propietarios de extensos campos en Salta y en Santa Fe, entre ellos los correspondientes a dos colonias agrícolas (Wheelright y Piamonte) que terminarían formando parte de la herencia de Hortensia e incrementando el patrimonio familiar de la familia Echesortu.

Durante los primeros años de la firma Echesortu y Casas, gran parte de la actividad inmobiliaria de la firma se concentra en operar como agentes inmobiliarios de familias terratenientes santafesinas y bonaerenses.

La primera gran inversión urbana tiene lugar en 1882 al comprar la firma tierras al oeste de la ciudad sobre la que luego construiría el barrio Echesortu. Para resolver la falta de conectividad con el centro, la firma encararía la conformación de una nueva empresa Tranways del Oeste, a la que se incopora como socio Aneto, hermano de Ciro.

La esposa de Ciro, Hortensia, habría sido determinante del despegue y éxito de los emprendimientos inmobiliarios de Echesortu, no sólo en lo económico, sino facilitando al marido toda una red de contactos y relaciones con personalidades prominentes, así como su ingreso a la elite provincial y los lazos con el poder político.

Ciro ingresa entonces al Jockey Club y al Club Social de Rosario y como, en 1887 ya lo vemos entre los miembros fundadores de la Bolsa de Comercio de Rosario y de la Sociedad Rural de Rosario.

En 1887 aparece también como socio fundador del Banco Constructor Santafecino, primera sociedad anónima fundada por empresarios locales del sector inmobiliario, quiénes hasta ese momento operaban bajo la forma de sociedades familiares o de responsabilidad limitada. El Banco había sido creado con el objeto de comprar y vender fincas y propiedades para fraccionarlas en solares y venderlas, edificar casas para vender en remate público o alquilarlas y abrir una caja de ahorro para recibir depósitos.

Entre otros lugares destacados que ocupa, Ciro llega a ser consejero del Banco de la Nación Argentina, del que luego sería director, así como consejero del Banco Hipotecario Nacional, además de Vicepresidente de las obras del Puerto de Rosario y Concejal en 1890 y 1905. También fue presidente de la Fábrica de Cerámicas Alberdi y Director de la Compañía de Seguros La Royal.

Con el tiempo, Ciro decidiría diversificar sus intereses: por ejemplo, tras vender las tierras a los colonos, les vendería luego alimentos y les prestaría dinero. En cuanto a este último rubro, definido como un empresario exitoso, Ciro no recurrió jamás al préstamo hipotecario.

Leemos:
"...Su capital inmobiliario, de origen familiar, se acrecentó mediante una política de alianzas matrimoniales que articularon su patrimonio con el de otras familias comerciantes y rentistas de la elite local. Más aún, la firma operó como oferente en el mercado informal de crédito desde sus comienzos... cobrando un alto interés contra garantía hipotecaria..."
También fue propietario de inquilinatos, así como de criador de ganado vacuno y ovino.

Para ponerle un rosto a estos personajes, incorporamos esta foto, del año 1915, que  corresponde a las Bodas de Oro de Ciro y Hortensia.

A Ciro se lo recuerda también como propietario del conocido como Palacio Echesortu (Villa Hortensia), en Rosario, propiedad perteneciente a José Puccio, a la que termina comprando en remate judicial. José Puccio era el agente inmobiliario más destacado del Rosario durante los ochenta, al que Echesortu terminaría desplazando del mercado, y de su casa. Todo un símbolo.
Agradecemos la información recopilada a muy pocas fuentes: De Europa a las Américas: dirigentes y liderazgos (1880-1960) y a interesantísimos trabajos de Norma Silvana Lanciotti, como éste, del que hemos tomado la cita que aparece más arriba.

Otro día hablamos de Don Francisco Bustamante. No se lo pierdan.

Seguimos con la recuperación de la memoria: Bernardo de Bustinza

Hoy recibí un correo de alguien que me cuenta está trabajando en la reconstrucción de la vida y de la obra de Erik Gornik. Fue muy grato. Uno supone que hay otras personas que transitan caminos semejantes, pero de vez en cuando es bueno tener alguna confirmación :). Como que da fuerza.
Continuando entonces con personas importantes en la vida de nuestras familias, este post está dedicado a agregar algunas líneas sobre una que ha sido muy especial en la vida de mi madre: Bernardo de Bustinza.
Es con él que Nelly Giuliano se convirtió en Mara Marbe: hacia 1952 una audición  en LT8 de Rosario, le deja abiertas las puertas a la actuación en radioteatro. Es así como transcurren para Nelly, hermosos años en los que integra la Compañía de Bustinza en su calidad de damita joven.

Mamá recuerda a Bernardo Nusholtz (éste era su apellido verdadero o al menos así se pronunciaba; de Bustinza era su nombre artístico, inspirado en el lugar de su nacimiento en Santa Fé) como un hombre de gran capacidad y talento, no suficientemente reconocido por sus contemporáneos.
Mayoritariamente escritas por Juan Carlos Chiappe, sus obras -luego escenifcadas en Rosario y llevadas al interior en gira, gracias a esta compañía trashumante que portaba arte allí dónde era tan o más anhelado que el agua potable-, eran de calidad equivalente a cualquiera de las que en Buenos Aires se estrenaban prácticamente al unísono.
Pero las puertas de Buenos Aires no se abrieron para de Bustinza. Quizá, con los corazones que se abrieron a su obra y a su persona (porque logró tocarlos con su arte), sea más que suficiente.

Me sonrío leyendo
"Albina, cocinera oficial de nuestra casa y santa patrona de nuestros estómagos y digestiones, era huraña y malhumorada, pero extraordinariamente simpática cuando le funcionaban bien sus hormonas. Manteníamos con ella una pacífica relación de amor-odio que solo se veía alterada cuando Albina escuchaba a Bernardo de Bustinza. Este personaje lograba crear una burbuja ajena a todo lo que habitualmente ocurría en la casa. No nos visitaba físicamente, pero su voz inundaba la cocina, donde solíamos reunirnos para escucharlo. Albina se encandilaba con las radionovelas de Bernardo de Bustinza y nos imponía un silencio religioso. Transgredir las normas de la santa patrona de la cocina podía provocar el exilio inmediato, y sin miramientos, del transgresor. Nunca hubo necesidad de que Albina ejerciera sus despóticos derechos sobre el territorio que gobernaba pues Bernardo nos cautivaba a todos..."
Yo creo que los corazones que se abren son siempre bienvenidos. Pero no hubiera estado de más -ni menos lo estaría- un mayor reconocimiento público. Pienso: todos los recuerdos de la vida y de la obra de este gran hombre y artista son traídos de la mano por personas de a de pié, como usted, como yo. Provienen de la memoria (individual o familiar) de aquéllos que recuerdan a Bernardo de Bustinza con ternura, por el momento mágico que les hizo vivir, hace ya tantos años.
Ojalá entre todos podamos reconstruir parte de su tránsito. Se lo merece. Como el radioteatro, al que muchos han definido como uno de los grandes 'inventos argentinos'.

Cuando Rosario era un espectáculo: adivinanza



Esta es una foto de mamá, del año 1953, algunos años después de su elección como Reina de la Agricultura por el Departamento Belgrano. Aquí la vemos con Pepe Manzanares, cantante y director de baile. Es una hermosa foto, tomada en el Teatro del Círculo de Rosario. Para los que no conocen a mamá, ella es la que está en el centro del cuadro, vestida de blanco.
Por mucho tiempo Pepe bregó porque se le entregara esta foto, que era única. Durante mucho tiempo, también, estuvo guardada. La razón... hay que adivinarla. Tiene que ver con alguien que está en la foto y que luego fue muy famoso.

El clan Vaieretti desde il cuore delle Alpi


La rama Vaieretti de nuestro árbol familiar es una rama muy frondosa y algo complicada para la reconstrucción. Hasta dónde hemos llegado a ricercar tiene su origen en el matrimonio entre Luigi Vaieretti y Domenica Marchetti.
Luigi y Domenica tuvieron varios hijos: uno de ellos, Stefano Gerolamo, es de quien procedo.
Gracias a todas las anécdotas familiares (aquélla de la polenta taragna, la del urs en la montaña y otras) y gracias también a la ayuda de Giacomo Ganza, logramos saber que el luogo di nascita de Gerónimo fue la pequeña localidad de Carolo, Ponte in Valtellina, Provincia de Sondrio (Lombardía) el 7 de agosto de 1866.
Gerónimo tuvo otros hermanos. El proceso de reencuentro con estos hermanos de Gerónimo ha sido todo un gran capítulo del trabajo genealógico que encaramos, porque mi madre sabía de un montón de parientes Vaieretti, en Montes de Oca y diseminados por Santa Fé, pero no recordaba los nombres de los ancestros comunes.
Con el tiempo, y mucho correo, fuimos dando con representantes de varias de las subramas, entre los que hoy quisiera mencionar a Luis María, a Fernando y a María Elena, sin cuyas respuestas no hubiéramos podido reconstruir la cadena de parentescos.
Hoy sabemos que Luigi y Domencia tuvieron, además de Gerónimo, a Luigi, probablemente uno de los hijos mayores. También sabemos que otro de los hijos de este matrimonio fue Juan y que también hubo dos hermanos más: León y Abundio.
Hasta donde sabemos, ninguno de estos dos últimos hermanos tuvo descendencia.
También hemos recordado, gracias a este proceso de reconstrucción colectiva de la historia, que Luigi habría estudiado para sacerdote pero que, en determinado momento abandonó ese camino y decidió casarse con María Tavella (Tavelli), dando origen así a la rama de Félix Vaieretti (primero de los esposos de mi bisabuela Palmero, que luego casaría en segundas nupcias con el tío de su primer marido, mi bisabuelo Gerónimo), Dominga "la meneghina" Vaieretti (casada con Miguel Micheloni que, al tiempo, se radicarían en Mendoza) y Benedetta Vaieretti que, casada con un Fidel Vairetti (sin la e para el triptongo), darían lugar a una rama que aún hoy está presente en Montes de Oca.
Del lado de Juan Vaieretti, tenemos una gran descendencia, con al menos trece hijos producto de al menos dos matrimonios (con una Tedeschi y con una Rubiano), rama de la cual descienden la subramas de Bouquet, la hoy por hoy radicada en el Sur de nuestro país, gran parte de los que están en Rosario e, incluso, los Vaieretti de Mendoza.
Contamos con casi cincuenta Vaierettis en nuestro árbol (algo menos que la cantidad de Giulianos), sin contar a los descendientes de mujeres Vaieretti que llevan otro apellido por causa de matrimonio.
Los Vaieretti hoy son un gran grupo (en número y calidad), caracterizado por su modo afable, su sentido del humor y su espíritu de comunidad familiar, que ha sabido conservar pese al transcurso del tiempo.
Sin embargo, resta aún ubicar gran cantidad de descendientes de esta rama; de entre los que rescato a la mayoría de los Micheloni.
Pero el trabajo de unirlos en este árbol ya está hecho y confiamos en que este espacio sirva para reencontrarnos con ellos.

La imagen que acompaña este post la hemos tomado del sitio oficial de la comuna de Ponte in Valtellina, a la que hemos recurrido y seguiremos recurriendo, sin dudas, para intentar avanzar un poquito más en nuestra ricerca (lo cual significa retroceder un poquito más, en el tiempo). A ellos y a todas las comunas en Italia que nos han ayudado y nos ayudan, siempre con buena onda y gran atención: Grazie mille!