Los romanos, el valor de la palabra y la física cuántica

¿Alguno de ustedes vio esta película "¿Y tú qué sabes de…?" (en ingles, "What the Bleep Do We Know?!") y/o la saga "El Secreto"?.
La primera (y para mí, mejor lograda) tuvo el mérito de haber puesto en el circuito masivo una rama de la ciencia hasta ese momento vedada para el entendimiento de nosotros, el común de los mortales. Me refiero a la física cuántica.
Si no vieron la primera, realmente se las recomiendo. Superado un primer momento en que es necesario tenerle algo de paciencia (mi opinión es que no es de los filmes a los que estamos acostumbrados a ver…) comenzamos a deslizarnos, suave pero contundemente, hacia lo que es el planteo central de la película: parece ser que, desde la perspectiva de la física cuántica, la realidad es algo mucho menos real de lo que hasta hoy nos han enseñado que era.
Esta película, a la que se le ha criticado mezclar teorías y recientes descubrimientos científicos con discusiones del orden metafísico (la verdad yo no lo veo mal en la medida que se explicite la diferencia entre ambas, y la película, en cierta medida, respeta esta consigna) nos propone un nuevo entendimiento en torno a lo que es real: se plantea que la realidad es sólo percepción, el fruto de nuestro propio sistema de saberes, creencias y emociones.
Siguiendo con ese razonamiento se concluye que la realidad no es algo externo, ajeno, independiente e inmanejable por el individuo, sino algo mucho más relacionado con el pensamiento. Pensamos y vamos creando realidad. La película propone entonces que, una vez conscientes de lo que la realidad es en realidad, demos el paso siguiente: aprendamos a pensar para generar realidad a nuestro antojo. Dicho de otro modo: el ser humano desde siempre ha creado la realidad con su pensamiento; gracias a la física cuántica hoy seríamos capaces de conducir ese proceso de un modo consciente, para que produzca resultados más favorables.
La segunda película (El Secreto) se propone como un espacio de ayuda para que aprendamos con cierta técnica sencilla a manejar el pensamiento de modo tal de crear mejores realidades. A decir verdad, de las dos, ésta es la película que menos me gustó y si no hubiera visto antes la primera, realmente no me hubiera parecido la gran cosa.
Sin embargo, rescato de esta segunda película el planteo de entrada, que se va repitiendo a lo largo del desarrollo: hubo una vez en que la humanidad fue consciente de esta relación entre pensamiento y realidad; con el tiempo ese conocimiento se perdió para el común, quedando como secreto en manos de unos pocos.
No dejo de pensar en la expresión latina “nomen omen” (el nombre es un presagio) y en su variante “ex nominen omen” (del nombre, el presagio), esa que hemos puesto como interrogante en una de las encuestas para los lectores…
Ambas son locuciones que manifiestan algo de lo que los romanos estaban absolutamente convencidos y que recibieron como legado de los griegos: las palabras tienen un poder que evoca realidad. Solemos utilizar la palabra evocar en el sentido de recordar algo pasado… traer a la mente un recuerdo, revivirlo en la mente.
Esa es una acepción: la otra, la menos usada pero la más antigua, es aquélla que refiere a llamar a nuestra mente una imagen (sea la imagen de un recuerdo, o no).
A partir de esta acepción es relativamente sencillo comprender el significado de la frase "la palabra evoca realidad". La palabra es un pensamiento que se manifiesta y como tal llama, quizá con más fuerza que el mero pensamiento, una imagen que terminamos representándonos en nuestra mente y que, por tanto, y a partir de ahí, existe. A tal punto esto es cierto que, para aquéllo que no tenemos palabra, no tenemos pensamiento y para aquéllo que no tenemos pensamiento, no tenemos realidad, aunque el teólogo Guillermo Juan Morado diga:
"Hay palabras que, poco a poco, van siendo condenadas a un silencio que cubre con su sombra callada parcelas de las cosas que, no por no nombrarlas, dejan de existir".

Así como lo que no se nombra pierde entidad (pierde su capacidad de ser) hasta desaparecer, lo que se nombra potencia su capacidad de hacerse realidad.

Pero volviendo a los romanos y a sus locuciones, tanto creían en la potencia de la palabra (y del pensamiento) para evocar (llamar) realidad, que para aquellas palabras que entendían podían evocar malas realidades, ellos tenían una fórmula para contrarrestar el efecto negativo de esa evocación: el uso de expresiones apotropaicas (de apotrepein, ‘alejarse’) para contrarrestar el mal presagio (mala evocación) de una palabra: como la que leemos en un interesante post de Tradición Clásica que era utilizada por Cicerón: quod di omen avertant (“ojalá los dioses alejen tal agüero”).

Hace muchos años que nuestras sociedades han dejado de creer en las fórmulas apotropaicas. Se las ha relegado al campo de las supersticiones. La propia palabra apotropaico es prácticamente desconocida para el común… A punto tal de que hoy figura en Reserva de Palabras como palabra en peligro de extinción…
¿Y por qué es importante que esta palabra no se pierda? Vaya, por la misma razón que planteábamos al principio: si lo que no tiene palabra para nominarlo deja de existir, no existiendo la palabra para designar aquellas palabras (o actos o pensamientos) que tienen por finalidad y efecto alejar los malos presagios en el resto de las palabras, estamos realmente indefensos frente a la realidad que creamos. Y no sólo eso: desterrado el sentido de apotropaico, vamos desterrando también el saber, el ser conscientes de que las palabras crean realidad.

Si algo tengo para agradecerle a estas películas que les he comentado al inicio, es haberme presentado el tema del potencial evocador de la palabra y del pensamiento, no desde la autoayuda, no desde la metafísica, sino desde la ciencia y desde la historia, que eran dos lugares desde los cuales me iba a resultar más amigable aceptar el planteo.

Al fin y al cabo, ya nos dice la Biblia: Al principio era el verbo (logos, palabra). Hay una interesante explicación de cómo se fue desvirtuando el sentido original del texto bíblico hasta lograr que perdiera sentido aquí.

En todo caso lo que parece quedar claro es que, con el transcurso del tiempo, el valor de la palabra se ha ido devaluando. ¿Deliberadamente?

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