El baúl de la Marconetto


El tema de las herencias familiares es, por lo general, un tema complicado. Suele dar lugar a duras y sostenidas disputas entre quiénes, uno supone, debieran ser los primeros y los que más facilmente lograran ponerse de acuerdo entre sí: me refiero a los hermanos.

No ha sido ese el caso en nuestra familia. Mis padres resolvieron relativamente fácil el punto. Adoptaron hacia las respectivas familias, y por default, una política sencilla: allí donde el tema podía provocar una desaveniencia con los hermanos, ellos dieron siempre un paso al costado. Eso sirvió para mantener la armonía familiar durante mucho tiempo, así que podemos decir que la política fue exitosa. Imagínense si esto se hubiera aplicado en materia de política internacional en el siglo XIX: no hubiera habido un sola guerra por colonias y quizá, ni la Primera Guerra Mundial hubiera estallado.

No obstante, la política del paso al costado familiar tuvo efectos colaterales no deseados, como éste que hemos comentado respecto a la ausencia de documentos y fotos de este lado de la familia.

Pero todo tiene su compensación, pensamos.

Un claro ejemplo es el del baúl de la Marconetto, madre de mi abuelo Juan Giuliano. Hacia fines de la década del cincuenta, cuando mis papás recién se estaban instalando en la que sería su casa por casi cincuenta años más, llegó a Varela un envío de mi abuelo Juan a su hija Nelly: algo de vajilla de mi abuela María, dos sillones vieneses, uno que había pertenecido a mi abuela María y otro a la Marconetto y un pequeño baúl de madera, muy viejo, en el que ésta guardaba ropa blanca, desde siempre, en su dormitorio.

Al tiempo de nacida yo, mi madre pensó que ese baúl de la Marconetto podía ser un buen lugar para guardar mis juquetes. Pero como estaba realmente viejo y la madera en muy mal estado, lo tapizó con una tela naranja y lo volvió a poner en funciones.

El tiempo pasó. Diez años después el naranja dejó de estar de moda y yo dejé de jugar con los juguetes en el baúl. Así que el pobre baúl de la Marconetto fue desalojado del cuarto, en un intento por retapizarlo y darle otro uso. Pero la madera del baúl, más que madera parecía corcho y carecía de soporte estructural. Así que, al tiempo, el sino del baúl parecía signado: fue a parar a desarme y a ser reconstituido como hato de madera atado con alambre, sin destino declarado pero adivinable.

Como siempre he sido muy conservadora, hice lo que pude para evitar su desaparición. Hasta que se me ocurrió que lo mejor que podía hacer era buscarme un marido hábil con las manos, que lograra ver más allá y darse cuenta de que, detrás del hato lucía un baúl histórico que muy presumiblemente había llegado de Italia acompañando a la Marconetto.

Llevó su tiempo dar con el candidato y luego, algo más de tiempo llevó lograr disponer de tiempo para dedicarle a la reconstrucción del baúl. Pero se hizo.

La foto que acompaña este post es la del baúl de la Marconetto, tal cual luce hoy en nuestro dormitorio. Lamentablemente, no tomamos el recaudo de sacar fotos al pequeño hato, para mostrar cómo estaba el baúl, antes del después. Pero como modo de acreditar lo dicho tenemos al compadre Leandro, que dió la casualidad pasó dos semanas en casa durante las vacaciones en que marido puso manos a la obra en el recupero histórico.
El baúl hoy ha recuperado su función natural y guarda ropa blanca. Esperemos continúe así por mucho tiempo.

Como dice marido: hay cosas que, sencillamente, se dejan hacer.

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